Es necesario hacer la distinción entre dolor y sufrimiento. El dolor es humano, es inevitable, te pasa algo desagradable y te duele. Eso es inevitable. Y el sufrimiento es la elección inconsciente de prolongar el dolor. Cuando te quedas pensando ¿Por qué me pasa esto a mí? Yo no merezco que me pase esto. ¿Por qué la vida es dura conmigo? ¿Por qué me tienen que pasar estas cosas? Esa prolongación del dolor inicial, consecuencia de un acto, eso es un sufrimiento elegido, elegido inconsciente. Porque si tú le preguntas a alguien, ¿te gustaría prolongar el dolor? Cualquiera te dice no, no quiero prolongarlo. Pero decide. ¿Te gustaría prolongar el dolor? Cualquiera dice, no quiero prolongarlo, pero decide prolongarlo con esta rueda de pensamientos basados en la queja, en el merecimiento, en la culpa, en la vergüenza.
La sombra que se disipó
Clara se despertó con un peso en el pecho, como si una nube gris se hubiera instalado en su alma. La tristeza la había acompañado durante meses, desde que perdió su trabajo y su relación más cercana se desmoronó. Cada día parecía una repetición del anterior: lágrimas silenciosas, pensamientos oscuros y una sensación de vacío que no se iba. Su apartamento, antes lleno de vida, ahora estaba lleno de recuerdos que dolían.
Una tarde, mientras navegaba por internet sin rumbo, Clara encontró un artículo sobre una técnica llamada «escritura expresiva». No era complicada: consistía en escribir durante 15 minutos al día sobre los sentimientos más profundos, sin censura ni preocupación por la gramática. El artículo explicaba que plasmar las emociones en papel podía aliviar el caos interno y ayudar a encontrar claridad. Escéptica, pero con un destello de curiosidad, Clara decidió intentarlo.
Esa misma noche, tomó una libreta vieja y un bolígrafo. Al principio, las palabras no fluían. Escribió frases cortas, como “Me siento perdida” y “No sé cómo seguir”. Pero poco a poco, las oraciones se alargaron. Describió el dolor de la pérdida, la rabia por las oportunidades que se le escaparon y el miedo a no volver a ser feliz. Las lágrimas cayeron sobre el papel, pero algo curioso pasó: al terminar, sintió un alivio sutil, como si hubiera soltado una carga.
Clara siguió escribiendo cada día. A veces, releía lo que había escrito y notaba patrones: se culpaba por cosas que no podía controlar. Esto la llevó a reflexionar. Empezó a incluir en sus escritos pequeños agradecimientos, como “Hoy el café sabía bien” o “El sol salió después de la lluvia”. Poco a poco, la técnica no solo la ayudó a desahogarse, sino que le permitió ver destellos de esperanza.
Un mes después, Clara se dio cuenta de que la nube gris era menos densa. No había desaparecido del todo, pero ya no la definía. Se apuntó a un curso de fotografía, algo que siempre quiso probar, y empezó a salir más con amigos. La escritura expresiva se convirtió en su refugio, un espacio donde podía ser honesta consigo misma sin miedo al juicio.
Un día, mientras escribía en su cuaderno, Clara sonrió. “Estoy mejor”, anotó. No era una victoria total, pero sí un paso enorme. La tristeza, que antes parecía eterna, ahora era solo una sombra que se disipaba con el tiempo y las palabras. Clara sabía que podría volver, pero también sabía que tenía una herramienta para enfrentarla.
